Más allá de veinte años, aún antes de que existiera la tormenta digitalista; cuando los químicos del color aún no se habían estabilizado ni los debates se centraban en píxeles – no existía la palabra- y las preocupaciones eran que el fotómetro estuviera incorporado en la cámara , o las nuevas sensibilidades de las películas o las velocidades de astro que podía alcanzar una réflex... he aquí que aparece AFU, como un grupo errante, cuyo miembros, metidos a fotógrafos, parecían haber descubierto la luz en el fotograma.
Me pregunto cuánto habremos cambiado en ese cuarto de siglo; cuántos, de ese centenar de fotógrafos que han pasado por la Asociación, mantienen todavía el instante creador del chasquido fotográfico, y me pregunto sobre todo cuántos quedan por venir y a qué esperan para hacerlo, para seguir sintiéndonos fotógrafos sin serlo, metidos a acumuladores naturales de imágenes, instintivos si se prefiere, pero con un vaho de supervivencia de tribu, difícil y agotador; confabulados con el garabato de la creación de un instante, propio de dioses, o de hechiceros.
Vengan todos y todas, vean. A veces ocurren milagros que resultan ser de este mundo.
Ángel Molina Díaz. Miembro de AFU
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